Perdón

He pasado años exigiendo en el silencio una disculpa.
He reclamado justicia por heridas y cicatrices que llevo dentro.
He viajado sola estando acompañada.
He pasado celebraciones evitando sentarme a la mesa.
He inventado excusas para no aceptar invitaciones.
He vivido en soledad estando rodeada. 
¿Por qué?
Porque decidí llevar conmigo a todas partes al rencor y la falta de perdón,
y eso me enfrió poco a poco el corazón.
Retener una ofensa no me va a devolver lo que se fue con ella,
pero sí me va a robar mucho más.
Vivir con rencor y falta de perdón en el corazón no es una forma de justicia, es sabotear la vida misma.
Lo único que se gana cargándolos en el pecho es nada,
pero lo que se pierde por vivir sin perdonar, eso sí es mucho.
El rencor solo daña a quien lo carga.
El rencor se roba las celebraciones.
El rencor se roba los momentos con seres queridos.
El rencor se roba los abrazos.
El rencor se roba la compañía.
El rencor se roba la alegría,
y es que la vida en sí ya es difícil como para ahogar el disfrute de esta. 
El rencor trae consigo al egoísmo,
ese que no permite ver más allá.
Donde el centro de todo soy yo,
porque tengo tanta sed de justicia
que dejé de ver que el agua ya estaba servida,
y se me secó el corazón.
Perdonar no es excusar ni justificar lo que hicieron o no.
Perdonar no es “hacer como que nada pasó”.
Perdonar no es olvidar, eso es casi imposible.
Perdonar es abrir la celda y permitirme salir de ella.
Hoy es posible perdonar porque el Amor mismo lo hizo primero.
Porque cuando se perdona una falta el amor florece – Pr 17:9
Sí, nos hirieron y perforaron, tal vez nadie lo supo, nadie lo sabe. 
Llevamos secretos y heridas bajo la piel.
Pero agarrar las ofensas y situaciones con fuerza solo nos dejará
exhaustos y con las manos sangrando.
Se sufre y duele más reteniendo, callando y ocultando que soltando. 
La amargura nos llenará de arrugas el corazón si no la dejamos ir.
Perdonar será gran parte del antibiótico que sanará el corazón infectado.
Perdonar porque tal vez nunca escucharemos una disculpa,
pero sí podemos liberarnos de la trampa de exigir una.
Perdonar a esa persona que te usó,
perdonar a ese familiar que te marcó,
perdonar a aquel que te traicionó,
perdonar a tus padres,
perdonar a tus hermanos,
perdonar a ese amigo que ya no lo es,
perdonar a tu pareja,
perdonarte a ti mismo.
Soltar la culpa y la ira por lo que se hizo o no.
Hay perdón para todos, no solo para algunos,
y así como lo damos también debemos aprender a recibirlo. 
Lo extraordinario del ser humano es su capacidad de cambio.
No somos las mismas personas que éramos un año atrás.
Podemos cambiar porque las manos que crearon el movimiento hacen todo nuevo.
El que creó la pausa,
también creó la acción.
Sí, puede haber un nuevo comienzo.
Para quien fue herido y para quien hirió.
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